Conciliación y competitividad

Acabo el repaso a "The World in 2007" con el artículo de Lucy Kellaway titulado "Work-life imbalance". La tesis de Kellaway es que después de varios años escuchando hablar sobre las maravillas de la conciliación entre vida personal y vida profesional, el teletrabajo o el "job-sharing", a partir del año próximo vamos a asistir al retroceso de alguna de esas prácticas de organización del trabajo. La principal razón no es otra que los resultados observados allá donde se han implantado: los discursos sobre conciliación han creado falsas expectativas entre los trabajadores, generando más frustración que otra cosa; el teletrabajo no acaba de convencer, ni a los que trabajan desde su casa, ni a quienes han de relacionarse con los teletrabajadores desde centros de trabajo convencionales; los contratos a tiempo parcial pueden tener una justificación en ciertos ámbitos, pero en puestos de dirección pocos discuten que seguirá siendo o todo o nada; finalmente, parece que la práctica de las oficinas diáfanas, en que ni los directivos disponen de despachos cerrados, también se bate en retirada. Todo esto sucede en el contexto de unos mercados en continua transformación, cada día más globalizados y más competitivos, que exigen una atención cada vez mayor por parte de los líderes de las empresas que pretender tener éxito -o seguir teniéndolo- en este nuevo escenario.

España, que es un país que está bastante atrás en cuanto a la implantación de estas prácticas de gestión bien podría tomar nota de las experiencias de sus vecinos y continuar su avance con prudencia. Si embargo ahí estamos, descolgándonos con una Ley de Igualdad que, entre otras cosas, prevé el permiso de paternidad más generoso de Europa y que, ahí es nada, va a costar a nuestras empresas la friolera de 900 millones de euros al año. ¿Es que nadie es consciente de que estamos en el furgón de cola de Europa por lo que se refiere a productividad e innovación? Como si la cosa no fuera con nosotros seguimos autocomplaciéndonos sentados sobre la inmensa burbuja inmobiliaria en la que se sustenta nuestra economía mientras ahí fuera el mundo cambia a una velocidad de vértigo. Luego aún habrá quien se llevará las manos a la cabeza cuando un día abra los ojos, mire a su alrededor, y se encuentre que nuestras ciudades se han convertido en parques temáticos y todos sus vecinos trabajamos de camareros.

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