
Los resultados de PISA 2025 que hemos conocido esta semana deberían preocuparnos. Mucho.
Los adolescentes españoles obtienen 477 puntos en ciencias, 457 en matemáticas y 451 en lectura. Estamos por debajo de la media de la OCDE en las tres competencias y también por debajo de la UE, aunque en ciencias la diferencia con Europa no es estadísticamente significativa. Y los resultados están entre los más bajos registrados por España desde que participa en PISA.
Pero quizá lo más inquietante no sea compararnos con la media. Es mirar hacia los sistemas que están mucho más arriba.
En matemáticas, por ejemplo, España obtiene 457 puntos. Japón, 525. Singapur, 563. Y B-S-J-Z (las cuatro regiones chinas que participan: Beijing, Shanghái, Jiangsu y Zhejiang), 612. En España solo un 4% de los alumnos alcanza los niveles más altos de competencia matemática. En Japón es el 22%; en Singapur, el 37%; en B-S-J-Z, el 54%.
Esto no se arregla buscando una causa única.
Deberíamos hablar de recursos y profesores. De currículos. De comprensión lectora. De concentración. Del papel de las familias. De disciplina en las aulas. De cómo utilizamos la tecnología. Y también, creo, de exigencia.
Y cuando digo exigencia no me refiero a llenar a los alumnos de deberes ni recuperar modelos educativos del pasado. Me refiero a esperar de ellos que lean textos difíciles, que mantengan la atención, que perseveren cuando algo cuesta, que aprendan a tolerar la frustración de no entender a la primera y que descubran que aprender exige esfuerzo.
En este sentido, me resulta particularmente incómodo que el 34% de los estudiantes españoles declare haber faltado al menos un día al colegio durante las dos semanas anteriores a la prueba, frente al 22% de media en la OCDE, y que uno de cada tres reconozca haberse saltado alguna clase.
Y aquí las familias también tenemos una responsabilidad. Entre 2022 y 2025, el porcentaje de alumnos españoles que dice que sus padres les preguntan al menos una vez por semana qué han hecho en el colegio ha caído del 77% al 69%. El de quienes conversan semanalmente con ellos sobre los problemas que puedan tener en la escuela, del 60% al 50%.
Asimismo, deberíamos hablar de pantallas sin caer en explicaciones simplistas. PISA no dice que tecnología sea igual a peor aprendizaje, sino que lo que importa es para qué se utiliza, cuánto y cómo. El uso moderado y orientado al aprendizaje puede ayudar. La distracción digital y el uso intensivo o poco guiado se asocian con peores resultados. En España, los alumnos que dicen sufrir distracción digital durante las clases de ciencias obtienen 16 puntos menos, incluso controlando el perfil socioeconómico.
En cualquier caso, para mí lo más preocupante del mensaje que nos envían estos resultados es la incapacidad de nuestro sistema político para pensar a largo plazo sobre una cuestión que da sus frutos en horizontes temporales muy superiores a los ciclos electorales. En particular, su incapacidad de alcanzar un Pacto de Estado por la Educación que garantice estabilidad en una cuestión esencial con independencia de quién gobierne.
Además, PISA 2025 ha dejado una imagen difícil de justificar. Catalunya excluyó de la muestra al 23,2% de los alumnos inicialmente seleccionados (frente al máximo del 5% establecido con carácter general) y la OCDE ha decidido no publicar sus resultados separadamente porque no representan al conjunto del alumnado y existe un probable sesgo al alza. Y no es solo Catalunya. Murcia excluyó al 12,7% y, aunque sus resultados sí se consideran comparables, la OCDE advierte expresamente de que deben interpretarse con cautela (sic.)
El problema es que nos jugamos demasiado. Más aún en el contexto de la revolución tecnoeconómica que estamos viviendo. De hecho, la propia OCDE subraya que están deteriorándose precisamente algunas de las capacidades que más necesitaremos en la era de la inteligencia artificial, como evaluar información, conectar fuentes, distinguir hechos de opiniones y pensar críticamente sobre lo que leemos.
Pero cambiar estas tendencias lleva años.
Por eso no podemos esperar a llegar todavía más abajo para que suene la alarma.
La alarma debería estar sonando ya.
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Imagen Camilo Jiménez en Unsplash


