De la presencia a la eficiencia

Este fin de semana he leído en XLSemanal, una entrevista con Ignacio Buqueras, Presidente de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios, una entidad a la que están asociadas más de 70 instituciones y cuyo objetivo es, en palabras de su presidente, normalizar los horarios españoles con los europeos y lograr que en España sigamos la regla de los tres ochos: ocho horas para trabajar, ocho horas para descansar y ocho horas para el tiempo libre.

Quienes hemos trabajado algún tiempo en otros países europeos sabemos lo diferentes que son nuestros horarios respecto a los del resto de Europa. No sólo la jornada laboral es distinta, sino también los horarios y la duración de las comidas, nuestras pautas de sueño, etc. Los horarios españoles pueden resultar algo chusco, típico y divertido pero lo cierto es que estamos pagando por ellos un precio que pocos se han preocupado en cuantificar.

En primer lugar, afectan directamente a nuestra productividad. Somos el país europeo donde los trabajadores pasamos más horas en la oficina, pero, al mismo tiempo, estamos en la cola en cuanto a productividad. Las largas jornadas hacen que seamos muy poco sensibles al valor del tiempo y, por consiguiente, no nos preocupe mucho perderlo en comidas, charlas ante la máquina del café, partidas al solitario de Windows o reuniones caóticas e interminables. Hemos desarrollado una cultura de la presencia, en la que lo que importa es “meter muchas horas” - como mínimo las mismas que el jefe - y en la que se mira mal a quien se va pronto a casa . La eficiencia es lo de menos, lo que importa es estar y, sobre todo, que te vean. Encima, a consecuencia de estos horarios irracionales, somos uno de los países en que se invierte menos tiempo en formación contínua y, para colmo, somos los europeos que menos dormimos. Así a ver quién es el guapo que es productivo.

Pero la productividad no es la única perjudicada. En este contexto conciliar vida y familia resulta extremadamente complicado. La vida en familia y la educación de los niños y jóvenes se resienten, ya que los padres apenas tienen tiempo para dedicarles. La mujer, por su parte, lo tiene especialmente difícil para ascender profesionalmente en un entorno en el que lo que más se valora son las horas de presencia. En otro orden de cosas no puedo dejar de preguntarme hasta qué punto nuestros horarios influyen en la alta siniestralidad laboral y en el número de accidentes de tráfico que sufrimos en España. Seguro que algo tienen que ver.

La Comisión que preside Buqueras lleva varios años haciendo una gran labor de concienciación, abogando por la flexibilización de los horarios laborales, el fomento de la contratación a tiempo parcial y el teletrabajo, propugnando extender el uso de las nuevas tecnologías, la implicación del hombre en las tareas domésticas y la necesidad de cambiar la mentalidad de muchos empresarios y directivos que deberían preocuparse más por la eficiencia de su personal que por las horas que pasan en la oficina.

Buqueras anticipa cambios sustanciales en 2009 y 2010, y aunque me da que peca un poco de optimista, lo cierto es que en las últimas elecciones todos los grandes partidos hablaban ya en sus programas de conciliación entre vida laboral y familiar. Además, desde hace ya unos años, vengo detectando una mayor sensibilidad hacia estas cuestiones entre los candidatos que entrevisto, lo que, cuando menos, resulta esperanzador.

Acabo con una pregunta para el debate: si se trata de normalizar horarios, ¿no sería conveniente cambiar nuestro horario oficial para adaptarlo al de los otros países europeos que se encuentran en nuestra misma latitud? Si la mayor parte de nuestro territorio se encuentra al oeste del meridiano de Greenwich ¿no tendría más sentido que nos rigiésemos por el mismo huso horario que Portugal, el Reino Unido o Irlanda (GMT+1)? Al menos comeríamos a la una, en vez de a las dos y cenaríamos a las ocho, en vez de a las nueve. Por supuesto que hay muchísimo más por hacer, pero tal vez una medida así sería el golpe de efecto necesario para que la sociedad española tome de una vez por todas conciencia de la importancia de la cuestión.

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