Las paredes oyen

Ayer acabé temprano mis reuniones en Madrid, así que pude coger un AVE de vuelta a media tarde. El tren no iba muy lleno por lo que algunos pasajeros aprovecharon para cambiarse de sitio. Los dos caballeros que iban a mi derecha recibieron la visita de un compañero que viajaba en otro vagón y emprendieron una animada tertulia. Quienes nos sentábamos cerca tuvimos la oportunidad de enterarnos de muchas "intimidades" de su empresa, un conocido fabricante de componentes para automoción. Durante casi 20 minutos nos deleitaron con todo tipo de detalles acerca de la situación de las relaciones con su principal cliente, problemas de calidad, de organización, de rotación del personal, pusieron a caldo a algunos directivos, etc.

Por la mañana, en el tren de ida, ya había tenido la oportunidad de escuchar como el pasajero que viajaba detrás de mi -empleado de una de las principales aseguradoras españolas- hablaba por el móvil sobre algunos problemas internos que sufre su compañía, señalando con nombres y apellidos a los directivos responsables.

¿A ninguno de ellos se les habrá ocurrido pensar que en el mismo vagón podía viajar un competidor, un cliente, un proveedor, un periodista, un accionista, o incluso un miembro del consejo de administración de su empresa?

Transparencia sí, pero también prudencia.
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