Historia de una playa

Estas navidades me contaron una interesante historia. Se ve que en un pueblo de la costa tenían un problema con la limpieza de su playa. Al finalizar el día, cuando se marchaban los bañistas, el arenal se quedaba cubierto de desperdicios: restos de comida, bolsas de plástico, colillas de cigarros, botellas vacías, latas de refrescos, etc. Y eso que el ayuntamiento del pueblo se había preocupado de instalar papeleras y contenedores. Probaron a instalar más papeleras, con diseños más vistosos. Probaron también a poner carteles amenazando con sanciones a quienes no tirasen la basura en los contenedores designados para ello. Pero nada, el problema no se solucionaba. Hasta que a alguien se le ocurrió la idea que resolvió el problema: retirar los contenedores y plantar en la arena unos letreros en los que se pedía a la gente que cuando se fuesen de la playa se llevasen los desperdicios que hubiesen podido producir. Así de sencillo. Y funcionó.

Y esto me hace pensar en cuantas veces en las organizaciones somos prisioneros de la idea de que las soluciones a los problemas tienen que venir de lo más alto; o intentamos matar moscas a cañonazos, empleando recursos que, al final del día, no añaden ningún valor, sino que, como mucho, constituyen parches que enmasacaran problemas que, en el fondo, permanecen; o acabamos recurriendo a normas y sanciones para forzar comportamientos que bien podrían conseguirse por la vía de la persuasión y la influencia.

Cuánto más fácil sería todo si simplemente considerásemos la posibilidad de que las personas implicadas en un problema pueden dejar de ser parte del mismo para convertirse en parte de su solución.

Foto: Sister27
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