¿Ha llegado la hora de reiniciar el sistema?


Una de las noticias más destacadas de la reunión de este año del Foro Económico Mundial en Davos ha sido la presentación de un manifiesto sobre ‘el propósito universal de una empresa en la cuarta revolución industrial’. En este documento se establece, entre otras cosas, que el propósito de una empresa hoy en día tiene que ser involucrar no solo a sus accionistas sino a todos sus stakeholders (empleados, clientes, proveedores, comunidades locales y la sociedad en general) en la creación de valor compartido y sostenido.

La tesis principal es que, más allá de generar riqueza, las empresas deben cumplir con las aspiraciones humanas y sociales como parte de un sistema social más amplio. Por eso su desempeño debe medirse no solo en términos del rendimiento que proporcionan a sus accionistas, sino también en cómo la empresa logra sus objetivos ambientales, sociales y de buen gobierno. Respecto a las empresas de alcance multinacional, el manifiesto destaca su papel como stakeholders, junto con los gobiernos y la sociedad civil, de nuestro futuro global, y establece que la ‘ciudadanía global corporativa’ requiere que estas empresas aprovechen sus capacidades, su espíritu empresarial, habilidades y recursos relevantes para colaborar con otras compañías y stakeholders en mejorar el estado del mundo.

Este manifiesto supone una revisión del emitido por esta misma institución en 1973, dos años después de que se reuniese en Davos por primera vez el por aquel entonces denominado European Magement Forum. En aquella ocasión, los participantes en la reunión (en su mayoría directivos, empresarios y economistas) tomaron espontáneamente la iniciativa de redactar un código ético basado en el concepto de stakeholders que había introducido el fundador del foro, Klaus Schwab. De este modo nació el ‘Manfiesto de Davos’, donde se describían las principales responsabilidades de una empresa hacia sus stakeholders. El texto fue aprobado por unanimidad en la sesión final de la reunión. Algo a destacar en un Foro que, desde su nacimiento, ha seguido el principio de que no debe expresar ninguna opinión en nombre de sus miembros o participantes.

Era, sin duda, una declaración de principios avanzada a su tiempo, pero también una respuesta al mundo convulso que se vivía en aquella época. Recordemos que eran años de inestabilidad. Estábamos en plena guerra fría, había saltado por los aires el sistema de tipos de cambio fijos de Bretton-Woods, y ese mismo año 1973 se produciría la guera del Yom Kippur, que traería consigo la primera crisis del petróleo, en la que los precios del crudo se multiplicaron por cuatro, amenazando con paralizar las economías occidentales.

Casi medio siglo más tarde el Foro Económico Mundial ha considerado que es hora de actualizar aquel manifiesto. Y no se trata de cambios menores. El aumento de la desigualdad, los movimientos populistas, el fenómeno de las fake news, la emergencia climática, el reto demográfico, y el alto grado de desconfianza de los ciudadanos en las instituciones son algunos de los factores que, a juicio del Foro Económico Mundial, exigen que las empresas hoy tengan que ir bastante más allá de lo que establecía aquel manifiesto de 1973.

Para empezar, mientras que el manifiesto de 1973 se dirigía a los directivos, el destinatario del manifiesto de 2020 es la empresa. Una empresa a la que ahora se pide que tenga tolerancia cero frente a la corrupción, que mantenga el ecosistema digital en el que opera fiable y confiable, y que se asegure de que los clientes sean plenamente conscientes de la funcionalidad de sus productos y servicios, incluidas las implicaciones adversas o las externalidades negativas. Una empresa que trate a su gente con dignidad y respeto, honre la diversidad y se esfuerce por mejorar continuamente las condiciones de trabajo y el bienestar de los empleados. Una empresa que, en un mundo de cambios rápidos, fomente la empleabilidad continua a través de la mejora y actualización continua de sus colaboradores. Y una empresa que, en la era de las cadenas de suministro globales, asegure el respeto por los derechos humanos por parte de sus proveedores, se encuentren donde se encuentren estos.

Además, el manifiesto establece la necesidad de que las empresas garanticen el uso seguro, ético y eficiente de los datos, y actúen como administradores del entorno medioambiental y material para las generaciones futuras, protegiendo conscientemente la biosfera y defendiendo una economía circular, compartida y regenerativa. Asimismo, el nuevo manifiesto de Davos establece que estas empresas de la nueva era deben gestionar de manera responsable la creación de valor a corto, medio y largo plazo, buscando rendimientos sostenibles para los accionistas que no sacrifiquen el futuro por el presente, y que su desempeño (y el de sus dirigentes) debe medirse no solo en términos del rendimiento que proporcionan a sus accionistas, sino también en cómo logran sus objetivos ambientales, sociales y de buen gobierno, y en cómo cumplen su responsabilidad con todos sus stakeholders.

Pero lo más importante de todo es que no se trata de una iniciativa aislada. Con este nuevo manifiesto, el Foro Económico Mundial se suma a varias instituciones que en los últimos meses han proclamado la necesidad de que nos replanteemos, con cierta urgencia, algunas de las reglas tradicionales del sistema capitalista.

Por ejemplo, Business Roundtable, una influyente asociación de grandes empresas estadounidenses, que siempre ha defendido el principio de la primacía de los accionistas, y que el pasado agosto revisaba su declaración de principios de gobierno corporativo para incorporar en esta nueva versión el compromiso de estas compañías a invertir en sus empleados (lo que incluye compensarlos de manera justa, así como apoyarlos a través de capacitación y educación que les ayuden a desarrollar nuevas habilidades para un mundo que cambia rápidamente); a tratar a sus proveedores de manera justa y ética; y a apoyar a las comunidades con las que trabajan, respetando a sus personas y protegiendo el medioambiente.

O el mismísimo Financial Times, que el pasado mes de septiembre lanzaba una nueva plataforma de contenidos, bajo el nombre The New Agenda, con el objetivo de favorecer el debate sobre las implicaciones de los principales cambios económicos y sociales que estamos experimentando, incluyendo la ética de las inversiones, los peligros potenciales de los avances tecnológicos y el futuro de las corporaciones. En la carta de presentación de esta iniciativa, Lionel Barber, editor de FT, explicaba qué es lo que les ha llevado a ponerla en marcha:

“En la década posterior a la crisis financiera mundial, el modelo (capitalista) se ha visto sometido a tensión, en particular el enfoque en maximizar las ganancias y el valor para los accionistas. Estos principios del buen negocio son necesarios, pero no suficientes. La salud a largo plazo del capitalismo de la libre empresa dependerá de generar ganancias con un propósito. Las empresas llegarán a comprender que esta combinación sirve a sus propios intereses, así como a sus clientes y empleados. Sin cambios, el tratamiento corre el riesgo de ser mucho más doloroso.”

Y cada vez nos llegan más señales que apuntan en esta misma dirección. Este mes de enero, como cada año, la agencia de comunicación Edelman publicó una nueva edición de su ‘Barómetro de la confianza’. Además de confirmar la escasa confianza de los ciudadanos en instituciones como empresas, ONGs, medios de comunicación y gobiernos, y dejar en evidencia la brecha que se está abriendo entre la élite mejor informada y el resto de la ciudadanía, este informe revela que el 48% siente que el sistema ‘les está fallando’ y que el 56% opina que el capitalismo, en su forma actual, hace más daño que bien al mundo.

El tiempo corre.

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