Westlessness


Desde 1963 todos los años, en febrero, se celebra la Conferencia de Seguridad de Múnich (Münchner Sicherheitskonferenz), el foro independiente más importante en materia de política de seguridad internacional. A esta reunión acuden jefes de Estado, ministros, miembros de las fuerzas armadas, científicos, empresarios.

Un aspecto que destacar de la edición de este año es su título: Westlessness, un término que podríamos traducir libremente como ‘ausencia de Occidente’ y que refleja la preocupación creciente por el futuro del ‘mundo occidental’ en un momento en que parece que perdemos protagonismo en la escena internacional y tendemos a dividirnos.

De hecho, la reunión de Múnich ha dejado en evidencia la muy diferente perspectiva con que se contempla este tema desde las dos orillas del Atlántico. Mientras el Secretario de Estado norteamericano Mike Pompeo afirmaba triunfalista que ‘nuestros’ valores occidentales “están ganando” y centraba sus preocupaciones en ‘la amenaza china’, los representantes europeos se mostraban un tanto escépticos sobre si es posible seguir hablando de ‘nosotros’ y de ‘nuestros’ valores.

Contrariamente a Pompeo, los europeos continentales (principalmente franceses y alemanes) manifestaron en la reunión su preocupación por la creciente incapacidad de Occidente para dar forma al orden internacional de acuerdo con sus valores y hablaron de la necesidad de reforzar el proyecto europeo en un momento en que Estados Unidos ha decidido mirar más hacia dentro y abandonar en gran medida el rol de ‘policía del mundo’ que ha jugado desde la Guerra Fría.

Lo que es innegable es que, tanto desde una perspectiva económica como desde una perspectiva demográfica, lo que hasta ahora conocíamos como Occidente y (lo que a nosotros todavía más nos concierne) Europa cada vez pintan menos en el orden mundial y todo apunta a que esta tendencia no hará sino profundizarse en las próximas décadas (esto a pesar de que nuestro way of life probablemente seguirá siendo la envidia de millones de habitantes de otras zonas del planeta).

Desde un punto de vista económico, el PIB de China según su poder de paridad de compra (PPP) ya supera al de Estados Unidos, en noviembre del año pasado conocíamos la noticia de que China había superado a Estados Unidos en número de ‘unicornios’ (nuevas empresas valoradas en más de 1.000 millones de dólares) y las previsiones apuntan a que 2020 será el primer año en que el PIB de Asia superará al PIB del resto del mundo.

Desde la perspectiva demográfica, tres de cada cinco habitantes del mundo son asiáticos y según las previsiones de Naciones Unidas Asia seguirá siendo el continente más poblado al menos hasta 2100, y esto a pesar de que la inmensa mayoría de los 4.000 millones de personas en que previsiblemente aumentará la población mundial de aquí a final de siglo no estará en Asia sino en África (continente sobre el que, por cierto, China tiene una enorme influencia).

¿Qué pasa mientras tanto en Occidente?

Las dos orillas del Atlántico reflejan realidades muy dispares. Por un lado, aunque China recorta distancias, el motor de innovación del mundo sigue estando en Estados Unidos. Por ejemplo, más de la mitad de las empresas de alto potencial de la lista Future 50, elaborada por Fortune y Boston Consulting Group, son estadounidenses, mientras que solo el 6% son empresas europeas. Y lo mismo sucede con los ‘gigantes digitales’, otra lista de la que Europa está ausente.

Por otro lado, también hay diferencias en el plano demográfico. Europa es un continente mucho más envejecido que Norteamérica y las previsiones son que cada vez representará una proporción menor de la población del planeta (si Europa hoy supone aproximadamente un 10% de la población mundial, las previsiones de Naciones Unidas indican que apenas representaremos el 6% al final del siglo).

Y no podemos obviar tampoco las profundas diferencias en cuanto a los niveles de cohesión social que se observan a ambos lados del Atlántico. Es cierto que la desigualdad es un problema en las dos orillas, pero en Estados Unidos es muy superior a lo que nos encontramos en Europa, donde disfrutamos de mecanismos que amortiguan en parte este problema (y que también tienen sus peajes).

En este contexto de un Occidente dividido y de una Europa envejecida, menguante y lenta recibimos la noticia de que en los últimos 12 meses el valor de mercado combinado de los cinco principales gigantes digitales occidentales (Alphabet, Amazon, Apple, Microsoft y Facebook) aumentó en casi dos billones (europeos) de dólares.

Inevitablemente nos viene a la cabeza el pensamiento de hasta qué punto estas megacorporaciones digitales no estarán mejor posicionadas que China para convertirse en las sucesoras de lo que hoy todavía conocemos como Occidente. Porque podemos pensar, como dicen muchos, que esas valoraciones billonarias son reflejo de una ‘burbuja’ especulativa, pero también puede ser, como argumenta un reciente artículo en The Economist, que respondan a la capacidad real de esas empresas de seguir creciendo y diversificándose en la próxima década y de concentrar una cuota de poder político y económico mucho mayor de la que ya tienen hoy en día.

Tendremos que estar atentos.

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