07 octubre 2026

¿Quién quiere ser el partido de los buenos antepasados?

por Santi Garcia

Este lunes se han convocado elecciones generales en España para el próximo 29 de noviembre.

Durante las próximas semanas vamos a hablar mucho del futuro. Pero probablemente hablaremos de un futuro bastante corto. De lo que ocurrirá durante la próxima legislatura. De qué medidas se aprobarán en los primeros cien días. De qué podrá hacer un gobierno antes de las siguientes elecciones y de cómo esas decisiones condicionarán sus posibilidades en la siguiente cita con las urnas.

Es comprensible. La política democrática vive sometida al calendario electoral. El problema es que muchos de los grandes desafíos que tenemos delante obedecen a un calendario completamente diferente. La vivienda. La educación. Las pensiones. La sanidad. La productividad. El envejecimiento de la población…

Sin embargo, seguimos actuando muchas veces como si cada cambio de gobierno justificara empezar de nuevo. Derogamos o desmontamos lo que hizo el anterior, a veces sin preguntarnos suficientemente qué funcionaba y qué no. Y llevamos a los programas electorales medidas que sabemos que difícilmente sobrevivirán al siguiente cambio de mayoría. El resultado es que intentamos resolver problemas que requieren décadas con políticas que, en ocasiones, nacen con una esperanza de vida de apenas cuatro años.

En el fondo, tampoco debería sorprendernos. Diferenciarse del adversario puede resultar electoralmente más rentable que preservar lo que funciona. Y los costes de una decisión se pagan hoy, mientras que sus beneficios quizá no sean visibles hasta dentro de diez o veinte años.

Por eso, hay algo que me gustaría encontrar en los programas y discursos de nuestros partidos y que creo que muchos ciudadanos echamos de menos desde hace tiempo. Y no hablo de posiciones de centro. Al final, el centro no deja de ser otra posición ideológica.

Hablo de política de largo plazo.

Hablo de partidos capaces de reconocer que no todo tiene que cambiar cuando cambia un gobierno. Que existen cuestiones sobre las que debemos seguir discrepando y compitiendo democráticamente, pero también otras que necesitan continuidad, estabilidad y acuerdos capaces de sobrevivir a varias legislaturas.

No se trataría de buscar un punto medio entre izquierda y derecha. Ni de diluir las diferencias ideológicas. Se trataría de distinguir aquello sobre lo que es legítimo que gobiernos de distinto signo hagan políticas distintas de aquello que necesita estabilidad para producir resultados. Y de recuperar una palabra muy poco frecuente en los discursos políticos:

Legado.

¿Cómo queremos que sea este país dentro de veinte o treinta años?

¿Qué problemas estamos resolviendo y cuáles nos limitamos a trasladar a quienes vienen detrás?

¿Qué decisiones estamos tomando hoy que amplían las posibilidades de las siguientes generaciones y cuáles reducen su margen de maniobra?

Claro que mirar así la política también exigiría otra manera de entender y medir el éxito de un gobierno.

Un “partido del largo plazo” no mediría sus logros únicamente por las leyes que consigue aprobar, sino también por los acuerdos que consigue que otros hagan suyos. Por las políticas que sobreviven cuando deja de gobernar. Por las instituciones que funcionan independientemente de quién esté en el poder.

Acuerdos que nadie se plantea romper. Instituciones que funcionan. Políticas que se mantienen porque han dejado de pertenecer a quien las impulsó para convertirse en parte del “sistema operativo” del país. Decisiones cuyo autor podemos terminar olvidando precisamente porque quien las tomó tuvo la grandeza de renunciar a una de las tentaciones más humanas de la política: dejar huella.

Porque dejar huella y dejar legado no son necesariamente la misma cosa.

Ojalá todos nuestros partidos incorporasen algo de esta mirada. Aunque me conformaría con que uno solo se atreviera a ocupar ese espacio.

No necesariamente un partido nuevo. Uno que decidiera reinventarse para hacer del largo plazo, de la estabilidad de aquello que necesita continuidad y de la construcción de acuerdos entre diferentes una parte central de su propuesta.

Uno que empezara a competir no solo por quién ofrece más o promete más, sino también por quién es capaz de dejar algo que dure. Y que, desde esa posición, quizá obligara a los demás a competir también en ese terreno.

Solo eso ya me parecería un motivo para la esperanza.

Santi Garcia
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