Desde los rugientes cuarenta

Cuaderno de bitácora: Superados los cuarenta continúo mi singladura vital rumbo sur. Mas allá del horizonte aún me esperan, si Dios quiere, los furiosos cincuenta y, más adelante, los silbantes sesenta.

Puede que con segundas intenciones, pero en cualquier caso muy oportunamente, mi amigo Juan Carlos me envía una nota escrita hace varios años por el profesor Rodríguez Porras, de IESE, comentando un libro de Daniel Levinson titulado “The Season’s of a Man’s Life” (Las estaciones de la vida de un hombre).

La tesis de Levinson puede resumirse como sigue:

a) La vida del adulto no es un proceso continuo sino una sucesión de diferentes etapas en una secuencia determinada.
b) La vida del adulto consiste en elecciones –decisiones- en una serie limitada de ámbitos: trabajo, familia, religión, amistad y ocio.
c) En la vida del adulto existen unas etapas en las que la persona toma decisiones sobre su vida y otras en los que evalúa los resultados de estas decisiones.
d) La sucesión de las diferentes etapas del ciclo de vida está determinada por la edad biológica del individuo, aunque no de un modo rígido.
e) Cada una de esas etapas se caracteriza por una serie de “tareas vitales”. Existe una edad adecuada para llevar a cabo cada una de ellas.

Por la curiosidad de ver cómo salgo en la foto voy directamente a la sección dedicada a la etapa de los cuarenta, que Levinson denomina “mid-life transition”. Me encuentro con un análisis claro, que incita a la reflexión y que creo interesante para cualquiera de los de mi generación.

Según el autor esta etapa de transición viene motivada por una conjunción de factores internos y externos. Entre los internos se cuentan el comienzo de la decadencia física –que puede ser más o menos evidente- y la constatación, cuando ya hemos dejado atrás la mitad del camino, de que la vida es corta. Entre los externos podemos encontrarnos con que a esta edad tenemos hijos ya adolescentes –con los problemas que siempre acarrean-, padres mayores que cada vez necesitan más nuestra ayuda, o un empobrecimiento de la relación conyugal. La suma de todos estos factores enfrentan al cuarentón que inicia esta nueva etapa con una serie de “tareas vitales” no siempre fáciles:

En primer lugar, ahora es el momento de revisar nuestro sueño, la visión de futuro que nos ha guiado hasta esta “latitud”. Somos resultado de lo que hemos sido y de lo que nos planteamos ser. Disponer de un plan personal para el futuro es ahora, más que nunca, fundamental. En su ausencia corremos el riesgo de que nuestra vida se convierta en pura rutina, o un devenir carente de significado.

Es también el momento de ser generoso y decidirse a actuar como mentor de las nuevas generaciones. Aparte del indudable valor que el mentor puede aportar de este modo a quien inicia su travesía -y a la sociedad en general-, la relación con personas de menor edad tiene un beneficioso efecto rejuvenecedor para el cuarentón que entra en contacto con una realidad más joven.

Además, es ésta una etapa en la que muchos matrimonios atraviesan crisis importantes que pueden terminar en ruptura o bien en un reencuentro en el que ambos cónyuges renuevan su relación en torno a nuevas expectativas y resucitan una llama que parecía apagada. Una cuestión que absorbe no poca energía

En los cuarenta estamos a medio camino entre el ecuador y el polo. Es la hora de aceptar la edad que tenemos. El reto es lograr ser todo lo joven que uno puede ser a los cuarenta. Se trata de evitar la imagen triste, sino patética, de algunos cuarentones a quienes a esta alturas les da por travestirse en adolescentes, pero sin convertirnos tampoco en viejos prematuros.
Finalmente este el momento de comenzar a ser uno mismo. Cuando uno es consciente de su propia mortalidad la necesidad de ser auténtico empieza a ser mucho más importante que los compromisos o los convencionalismos sociales. También es el momento de cuestionarse el significado y el valor del éxito. Todo se ve ahora desde una perspectiva diferente.
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