En tu empresa, ¿la confianza es la norma o la excepción?


Hace unos días Luis Suárez compartía en su blog un video de Simon Sinek. Se trata de una inspiradora charla en el marco del TEDx San Diego de 2011 en la que Sinek intenta concienciarnos de las consecuencias de olvidarnos que las organizaciones están hechas de personas, unos animales sociales que durante milenios, y de una forma natural, hemos buscado juntarnos en comunidades basadas en creencias y valores compartidos y, en particular, en el poder de la confianza.

El problema al que nos enfrentamos es que a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI hemos ido perdiendo ese componente humano en el mundo de los negocios y en el seno de nuestras organizaciones. Lo habitual hoy en día es que las relaciones que vinculan a una empresa con sus miembros y demás stakeholders se contemplen desde una perspectiva puramente transaccional, como simples intercambios de bienes, servicios, trabajo, información o dinero, regulados por un conjunto de vínculos contractuales más o menos formales. El resultado son empresas deshumanizadas, donde ese factor de confianza, inherente a la naturaleza social del ser humano, apenas cuenta, por muchas herramientas tecnológicas de comunicación y trabajo en red que implantemos en la organización, y por mucho que en nuestros discursos afirmemos que las personas son el activo más importante de nuestra compañía.

En realidad, el desarrollo tecnológico no ha hecho sino agudizar este proceso de "deshumanización", ya que, como explica Sinek, la tecnología es fantástica para establecer conexiones, intercambiar información o llevar a cabo transacciones, pero no tan buena –en inglés "terrible"– para crear relaciones interpersonales. Hoy son muchos los dirigentes empresariales que hacen negocios y gestionan sus compañías desde una pantalla, como quien ve la televisión y cambia de canal con un mando a distancia. Seguro que todos conocemos a varios que encajan en este patrón. El inconveniente es que cuanto más gestionamos a través de pantallas menos sentimos el impacto de nuestras decisiones en las personas que componen la organización y más inhumanas son nuestras acciones. Una tendencia que seguro que tiene algo que ver con que el compromiso de los empleados con sus compañías ("employee engagement") esté en mínimos históricos.

Por eso, si de verdad nos creemos que el capital humano es un factor clave para la competitividad de nuestras empresas, es importantísimo que todos los que tenemos alguna cuota de responsabilidad en la gestión de una organización reflexionemos sobre en qué medida nuestras acciones contribuyen a este proceso de deshumanización corporativa e intentemos ponerle remedio cultivando espacios y momentos para la relación cara a cara, y buscando mecanismos que faciliten las interacciones sociales y lleven a nuestras organizaciones a un estado donde la confianza sea la norma y no la excepción.



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