¿Hacia un país "low cost"?


En marzo conocíamos los resultados de la encuesta de coste laboral que elabora cada trimestre el Instituto Nacional de Estadística. Según los últimos datos disponibles, en el cuarto trimestre de 2012 el coste laboral por trabajador y mes disminuyó un 3,2% respecto al mismo periodo del año anterior, el mayor descenso desde que se elabora esta encuesta. Una caída especialmente acentuada en el sector servicios, donde el coste laboral bajó un 4,2%.

Asimismo conocíamos que sigue aumentando el porcentaje de trabajadores que cobra el salario mínimo, y también que crece el porcentaje de ocupados con contratos a tiempo parcial —aunque en este aspecto sigamos por debajo de la media europea—.

Dos meses más tarde, a principios de mayo, se hacían públicas las conclusiones del Informe InfoJobs ESADE 2012 sobre el estado del mercado laboral en España. Entre otras cosas, este estudio evidenciaba que durante el período 2010-2012 se produjeron descensos generalizados en los salarios mínimos ofertados a través de este portal de empleo, líder en nuestro país.

En concreto, en las vacantes para los que se exigen estudios universitarios los sueldos bajaron un 1,7%, en las que se pide bachillerato un 6,6%, en las que se piden estudios básicos un 9,5%, y en las que no se necesita ningún tipo de estudios un 4,4%. Solo en aquellas para las que se exige formación profesional la retribución no sufrió cambios.

A esto se añaden los resultados de un informe presentado la semana pasada por Addeco e Infoempleo. Aparte de confirmar que en España en 2012 los salarios descendieron en promedio el 4%, este nuevo estudio aporta otros datos, como que quienes hoy consiguen un puesto cobran de media un 30% (!!!) menos que los empleados que ya trabajan en la empresa, y que coincide con lo que nos cuentan amigos y colegas.

Unas disminuciones salariales que son el resultado de que hay menos empleos —y los que hay se concentran en servicios de bajo valor añadido—, y también hay más parados dispuestos a trabajar «de lo que sea» y «por lo que sea». Por tanto, habiendo más donde elegir, no es de extrañar que los salarios desciendan y se concentren cada vez más en la proximidad de los mínimos legales provocando lo que algunos califican de «devaluación encubierta».

No obstante, el informe de Addeco e Infoempleo nos aporta otro dato que en cierta manera contrasta con el panorama anterior: Resulta que un 8% de las vacantes se quedan sin cubrir porque las empresas no encuentran candidatos adecuados. En general se trata de nuevas especializaciones surgidas al calor del desarrollo tecnológico. En estas profesiones la demanda de trabajo se mueve mucho más rápido que la oferta y los reclutadores se las ven y se las desean para encontrar candidatos capacitados, a pesar de que, en este caso, el salario no suele ser un problema, ya que las empresas hacen todo lo posible para atraer o retener, según los casos, a esos profesionales, porque de ellos depende su competitividad.

Esta circunstancia contribuye a acentuar un fenómeno que se observa desde hace unos años en la mayoría de los países occidentales: la polarización del mercado de trabajo. Es decir, se incrementan las diferencias entre los que menos y los que más cobran, al tiempo que se produce un “vaciado” de la parte intermedia del mercado.

El motivo de este «vaciado» es que los trabajos con salarios intermedios son los que más sufren el efecto combinado de varias de las fuerzas que están reconfigurando el mundo del empleo: la automatización de ciertas actividades; la deslocalización de otras; la posibilidad, gracias a los nuevos sistemas de comunicación e información, de utilizar estructuras organizativas más planas, con un menor número de escalones intermedios; y, por supuesto, la propia crisis.

Así lo confirma un reciente informe de Eurofound que concluye que la destrucción de empleo en Europa durante la recesión ha incrementado la polarización de las estructuras salariales en los diferentes países, dado que una gran proporción de los empleos destruidos han sido puestos de trabajo de remuneración media en los sectores de la fabricación y la construcción.

Sin embargo, desde mi punto de vista, lo que más nos debería preocupar no es la polarización, sino que todo indica que en nuestro país esta polarización —si es que le podemos llamar así— se va a producir en torno a uno solo de los dos polos, y no precisamente en el que se concentran los trabajos de más valor añadido, sino en el otro, donde hace más frío.

Porque es muy posible que la polarización del mercado de trabajo sea un fenómeno inevitable pero, ¿tenemos que aceptar también como irremediable que esa polarización nos convierta en un país low cost? ¿Es que acaso no somos capaces  —empezando por nuestros gobernantes— de imaginar otras fórmulas de competitividad?
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