Ponga un maratón en su vida

Continúo con los símiles deportivos. Llevo tiempo dándole vueltas a los paralelismos que existen entre las cualidades de los corredores de fondo – entre los que me cuento – y las que se supone deben poseer los directivos de empresa, y acerca de cómo el ejercicio del “running” puede favorecer el desarrollo de éstas. No hay duda que las aptitudes innatas son de ayuda - especialmente si uno aspira a estar en la élite de cualquiera de ambos gremios – pero el desarrollo del potencial es, en los dos supuestos, una cuestión de entrenamiento y de experiencia. Al igual que nos encontramos con una gran diversidad de perfiles entre los directivos de éxito, en las maratones populares coinciden individuos de diferentes sexos, edades y morfologías que, a base de ilusión y trabajo, son capaces de alcanzar metas impensables para la mayoría de sus congéneres.

Para empezar, el mantenimiento de unos hábitos de vida saludables es algo que beneficia a cualquiera. La carrera a pie exige respetar un mínimo de horas de sueño, mantener una alimentación equilibrada, limitar el consumo de alcohol, decir adiós al tabaco. Una mejor salud redunda en una mayor productividad. Por otra parte, el ejercicio libera endorfinas que producen en el individuo sensación de bienestar, una actitud mental positiva y mayor confianza en uno mismo.

Tanto maratonianos como directivos necesitan identificar la meta que quieren alcanzar a largo plazo. El gran reto para ambos radica en transformar esa visión en realidad. Necesitan emplear indicadores para saber hasta qué punto van o no por buen camino - tiempos parciales, ritmo cardíaco, etc. -, establecer objetivos intermedios y mantenerse centrados en su consecución. Los dos colectivos conocen bien la importancia de la planificación y la preparación. El entrenamiento para una maratón no es algo que pueda dejarse al azar, hay que comenzar varios meses antes de la gran cita. El corredor analiza el recorrido y diseña su entrenamiento en consecuencia. Hay que alternar series de velocidad con tiradas largas, trabajar la técnica de carrera, realizar ejercicios de musculación en el gimnasio... Y para esto uno tiene que ser capaz de gestionar el tiempo, ser disciplinado y constante.

Al igual que un directivo debe enfrentarse a múltiples dificultades en el ejercicio de su función, un corredor de fondo aprende a no tirar la toalla a la primera de cambio y a lidiar con la adversidad: inclemencias meteorológicas, madrugones, lesiones, “pájaras” o el temido “muro” del kilómetro 30. Su tenacidad, capacidad de esfuerzo y espíritu de sacrificio deberían estar fuera de toda duda. Además no hay dos carreras iguales. El atleta debe ser capaz de adaptar su estrategia a las circunstancias. También el corredor tiene que aprender a administrar recursos finitos. Los fondistas sabemos que la energía se acaba, que ir demasiado rápido - más allá de lo que es “sostenible” - puede tener consecuencias fatales.

Por otro lado, a pesar de su imagen solitaria, el corredor de fondo conoce bien la importancia del factor humano, la diferencia entre correr solo y correr con un compañero, el poder de la “liebre” que te ayuda a mantener el ritmo y a cruzar la meta en el tiempo deseado, el valor de una palabra de ánimo en los momentos de desfallecimiento, el compromiso moral con el amigo que te obliga a levantarte de la cama para salir a entrenar con él cuando afuera hace frio y todavía es de noche.

Y al final llega lo mejor de todo, la recompensa: la línea de meta, el abrazo en la llegada con ese desconocido con quien has compartido los últimos kilómetros, la satisfacción de haberte superado a ti mismo, otra medalla colgada del cuello, la celebración con los compañeros de equipo.

No es extraño pues que cada vez sean más los directivos que deciden vestirse de corto, calzarse unas zapatillas y echarse a la calle.

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