Donde tengas la olla ...

Las probabilidades de que surja una relación sentimental entre compañeros de trabajo son altas. La oficina, el centro de trabajo, se ha convertido en el vecindario del S. XXI. La gente pasa muchísimo tiempo con sus compañeros, mucho más que con su familia o con sus amigos. En las grandes ciudades esto resulta aún más evidente. No es sólo que las jornadas laborales sean muy extensas. Fuera del horario de oficina es habitual que los compañeros coman juntos, vayan al gimnasio juntos, se tomen unas cañas después del trabajo, etc. Por otro lado, como las personas se casan más tarde, la proporción de solteros en las empresas es mayor. Además, la progresiva incorporación de la mujer al mundo laboral determina que el número de hombres y mujeres esté más equilibrado, especialmente entre los más jóvenes de la plantilla. El resultado: los romances en la oficina son mucho más frecuentes ahora que hace 10 años.

En el último número de Knowledge @ Wharton, newsletter que publica la prestigiosa escuela de negocios de la Universidad de Pennsylvania, se trata este tema, y se debate sobre cuál es la postura que deben adoptar las empresas ante estas situaciones. Entre los inconvenientes se señala que las relaciones entre empleados pueden ser una fuente de distracción, y no solo para los directamente implicados, sino también para otros compañeros para quienes el romance se convierte en un buen tema de chismorreo. Por otro lado pueden dar lugar a conflictos de intereses, en algunos casos serios, represalias en casos de ruptura, etc. Entre las ventajas se habla de una mayor integración de los empleados (sic.). Lo cierto es que las empresas no saben bien qué hacer ante la proliferación de relaciones sentimentales entre sus trabajadores. Las hay que las permiten mientras otras las rechazan de plano. Las más, simplemente, no se meten en estos temas. La postura más habitual es permitirlas pero desincentivarlas, y, en cualquier caso, evitar relaciones entre jefes y subordinados. En mi humilde opinión creo que tratar de regular estas relaciones es meterse en terreno resbaladizo. Puestos a regular las relaciones amorosas ¿por qué no hacerlo también con las relaciones de amistad u otro tipo de relaciones de afinidad entre empleados? Los riesgos son parecidos. Por mi parte me quedo con la sabiduría que rezuma el viejo refrán castellano...
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