El lado amable de la complejidad

La complejidad es una de las bestias negras contra las que tradicionalmente han luchado las empresas en sus campañas de restructuración y recorte de gastos. La complejidad tiene mala prensa en el mundo empresarial. Normalmente se la considera un problema, una fuente de costes y de ineficiencias. Tal vez es por eso que me ha llamado la atención un artículo publicado en el último número de The McKinsey Quarterly titulado "Cracking the complexity code" y que aporta una visión diferente de esta cuestión. En resumen, los autores plantean que si las empresas considerasen la complejidad como una oportunidad que puede ser gestionada, y potencialmente aprovechada, en lugar de verla como una amenaza a eliminar, podrían dar con fuentes adicionales de diferenciación y de ventajas competitivas. Por ejemplo: La complejidad de una organización puede aumentar su capacidad de adaptación frente a los cambios del entorno, al mismo tiempo que supone una barrera para aquellos competidores que intenten replicar su modelo de negocio. La complejidad es inevitable, y más aún en un mundo cada vez más complejo e interconectado como el que nos toca vivir. Las empresas, más que empeñarse en reducir la complejidad a toda costa, deberían preguntarse qué beneficios pueden sacar de ella y preocuparse por desarrollar los procesos, las habilidades y la cultura adecuadas para gestionarla con eficacia.
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