A veces más vale emigrar


La semana pasada conocíamos los resultados del estudio de proyección de empleo que trimestralmente elabora Manpower. En España el panorama continúa siendo desalentador. A pesar de que ocho de cada diez directivos encuestados dicen que no habrá variaciones en el empleo en sus empresas durante el último trimestre de este año, las compañías que prevén reducir sus plantillas siguen siendo más del doble de las que esperan crecer.

Pero los resultados de este estudio, que Manpower lleva a cabo en 42 países, también nos permiten apreciar que el mundo es muy grande y que, aunque el mercado de empleo global da señales de desaceleración, hay bastantes lugares en el planeta donde el número de empresas que tienen intención de incorporar nuevos empleados supera con creces al de organizaciones que se contraen. Taiwan, Panamá, Perú, Brasil, Singapur, China, India, Turquía, Rumanía o Noruega son algunos ejemplos.

Entonces, si aquí no hay trabajo pero allí sí, ¿a qué esperamos para irnos?

En las películas americanas es frecuente ver como una familia coge sus pertenencias, las carga en un remolque y se cruza el continente de costa a costa para empezar una nueva vida. Sabemos que aquí no es así. En el viejo continente, en particular en el sur de Europa, y más en particular en España, nuestra movilidad es mucho más limitada. Es cierto que nos enfrentamos a barreras como vínculos familiares más fuertes que nos atan a nuestros lugares de origen, hipotecas que hay que seguir pagando y pesan como un muerto, un deplorable nivel de conocimiento de lenguas extranjeras, prestaciones de desempleo largas y generosas, la creencia de que "como aquí no se vive en ningún sitio", etc, etc, etc.

Aun así, desde hace unos cuantos meses se está produciendo un aumento del número de personas que abandonan nuestro país en busca de pastos más verdes. En concreto, en el primer semestre de este año se marcharon 269.595 individuos, y aunque la mayoría eran extranjeros, entre ellos se contaban 40.652 españoles, prácticamante el doble de los que decidieron emigrar en el mismo período del año anterior.

Sin embargo, por mucho que la cifra de españoles que decide hacer las maletas aumente mes tras mes, no puedo evitar que se me quede corta en un contexto donde el número de desempleados se aproxima a los cinco millones y la tasa de paro en un colectivo estratégico para cualquier país como son sus jóvenes supera el 50%.

Aunque hay quien se lleva las manos a la cabeza ante lo que califican de una "fuga de cerebros", personalmente soy de la opinión que es mejor que los jóvenes parados salgan a la búsqueda de oportunidades laborales a la altura de su nivel de cualificación, aun a riesgo de que algunos de ellos no regresen nunca, que permanezcan en sus casas languideciendo, o sufriendo un trabajo por debajo de sus capacidades.

Creo que es momento de asumir dos cosas. Primero, que será difícil recuperar a medio plazo los niveles de empleo de los años previos a la crisis. Segundo, que en este contexto el hecho de que los desempleados emigren tiene más ventajas que inconvenientes. Un mayor número de emigrantes nos puede aportar un mayor volumen de remesas, y facilitar una reducción del gasto público, pero, sobre todo, puede preservar la competitividad de nuestro capital humano a largo plazo en un mercado de empleo cada vez más globalizado y evitar que el desempleo consecuencia de la crisis se enquiste y se transforme en un mal estructural de difícil arreglo.

Imaginémonos, por ejemplo, que dentro de diez años nos planteamos la necesidad de contratar a un arquitecto. ¿A quién preferiremos? ¿A uno que durante todo ese tiempo ha estado trabajando en empleos por debajo de su nivel de cualificación o viviendo de un subsidio o a uno que se ha dedicado a su profesión independientemente de donde lo haya hecho?

Richard Florida aborda esta cuestión en su libro The Great Reset, donde se atreve a plantear la conveniencia  de que las administraciones impulsen políticas activas orientadas a facilitar la movilidad. Cito textualmente:
"We can best help those who are hardest hit by the crisis by providing a generous social safety net, investing in their education and skills, and encouraging them, when necessary, to move from declining places to ones that offer better opportunity. Especially in tough economic times, we're all better served by helping people. People need education and skills to shift from old industries to new jobs. And since these jobs are often in different places, they have to be able to move where the jobs are. This imperative is strongest for members of less-advantaged groups in declining areas, who we must prepare for new economic realities. There are times when it's simply better for families to relocate to where the jobs are than to wait for longer-term efforts to rebuild declining industries to take hold."
Post incluido en mi libro El arte de dirigir personas hoy (Libros de Cabecera, 2016)

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