Una crisis de confianza


Diversos estudios constatan que la confianza de los ciudadanos en las instituciones no ha dejado de descender en los últimos años y está en mínimos históricos. Las personas cada vez tienen menos confianza en partidos políticos, medios de comunicación, sindicatos, gobiernos. Por caer cae hasta la confianza que nos merecen las ONG’s. Y como no podría ser de otro modo también disminuye la confianza que las personas depositamos en las organizaciones para las que trabajamos.

El problema es que esta crisis de confianza entre los trabajadores llega en un momento en que para las empresas es más importante que nunca confiar en sus colaboradores y que sus colaboradores confíen en ellas. Bastante más de lo que muchas de ellas se piensan.

Como hemos explicado en este blog en repetidas ocasiones en un mundo de trabajos complejos, donde la diferencia entre el valor que puede aportar un profesional excelente y el que aporta un profesional promedio es mayor que en un escenario de trabajos simples y rutinarios, contar con los mejores es más importante que nunca. Por eso las empresas luchan por esos profesionales en una guerra por el talento que no conoce de fronteras. Sin embargo, hoy muchos de esos profesionales no están dispuestos a trabajar para una organización que no merezca su confianza…

Además, hoy no es suficiente con contratar personas obedientes y que sepan hacer su trabajo. Las empresas necesitan (aunque a menudo parezcan no ser conscientes de ello) personas que desde el primer día les aporten nuevas perspectivas, y se atrevan a cuestionar el status quo, a plantear preguntas incómodas, y a experimentar nuevas soluciones sin miedo a equivocarse. Y esto también es muy difícil que suceda si no existe un clima de confianza dentro de esas compañías.

Por otra parte, no podemos perder de vista que hoy la vida de las empresas es más corta y el empleo para toda la vida ha pasado a la historia con lo que las relaciones de colaboración entre personas y organizaciones son más breves. Encima, vivimos en un mundo hiperconectado e "infoxicado", donde separar la información verdadera de la que no lo es no siempre es fácil. Todo eso configura un escenario que, desde luego, no es el más propicio para que se desarrollen relaciones de confianza entre las empresas y sus colaboradores.

No obstante, esas son circunstancias del entorno con las que, nos guste o no, tenemos que convivir. La verdadera tragedia, sin embargo, es que a muchas compañías parece no importarles nada no merecer la confianza de su gente. Como si esa confianza no tuviera ningún valor.

Con demasiada frecuencia nos llegan noticias que dejan en evidencia que para muchas corporaciones sus intereses están por encima de cualquier otro. En ocasiones hasta el punto de ignorar las leyes, como si no fueran con ellas, como en el reciente caso de las emisiones de Volkswagen.

Aunque no hace falta llegar a esos extremos. Muchas empresas que cumplen con la letra de la ley pierden la confianza de sus colaboradores por muchos otros motivos: decisiones injustas, reglas del juego arbitrarias, politiqueo, cortoplacismo, promesas incumplidas, comportamientos incoherentes, falta de ética, líderes que se cuelgan medallas que no les corresponden...

Y otras veces pierden la confianza de su gente por una cuestión de reciprocidad: por la escasa confianza que los líderes de esas organizaciones demuestran tener en sus personas cuando no les escuchan, actúan con opacidad, acallan las voces discrepantes, castigan los errores, o no les dan suficiente autonomía para actuar y crecer.

En consecuencia, nos encontramos con muchas, seguramente demasiadas, empresas donde la confianza, un factor inherente a la naturaleza social del ser humano, no está presente. Por mucho que algunas de ellas cuelguen en las paredes grandes declaraciones de valores, derriben las paredes de los despachos para crear espacios de trabajo abiertos, les quiten las corbatas a sus directivos, o afirmen en sus discursos que las personas son su activo más importante. 

El resultado a largo plazo será siempre el mismo: unos entornos laborales deshumanizados, donde la información no fluirá libre y donde difícilmente las personas darán lo mejor de ellas en su trabajo. 


Imagen Laurel F bajo licencia Creative Commons

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